Tuesday, January 09, 2007

Segundos

Las 0 horas. El segundero de mi reloj despertador hace silencio, después de haber logrado mantenerme despierta hasta esa hora. La luz del velador refleja el desorden que tengo en mi habitación desde el comienzo de la semana y las telas de araña en las esquinas se burlan de mi falta de aspiradora, esa que un día provocó el cortocircuito general. El aire enrarecido hace darme cuenta que mi departamento necesita ventilación, después de cuatro días de haber permanecido abandonado. Es lógico pensar que un poco de aire externo permitirá tener un ambiente más respirable. Logro superar el cansancio que llevo acumulado de los cuatro días de turno en la clínica veterinaria, durmiendo escasas tres horas, atendiendo pacientes durante todo el día. Por suerte hoy no me esperan, y espero no asistir hasta la próxima semana, creo que el dinero que me queda en la cuenta me alcanza para sobrevivir.
Me dirijo a la ventana, dirección nor-este. Con dificultad logro abrirla, entrando rápidamente un aire húmedo y frío del invierno santiaguino. Me produce un escalofrío, pero logra abrirme los ojos. Extrañamente existe un silencio “ensordecedor”, ¿Qué será?, aquel santiago nocturno, con gritos, motores en marcha, bocinas en todas direcciones. ¿Me he trasladado de ciudad?. El reloj!, pienso. Busco una pila AA en el cajón del velador. La ultima pila Duracell, por suerte. Al cambiar la pila, el reloj curiosamente permanece igual. Extraño suceso, porque tengo la certeza que esa pila está cargada. Agarro el despertador y lo arrojo a la basura, en aquel basurero atiborrado de papeles. No quiero pensar en ordenar en este momento, solo quiero dormir.
Tras ocho pasos lentos, entro al baño para beber agua. La luz no enciende!. Malditas ampolletas. La escasa luz de la luna llena que entra por la angosta ventana del baño logra definir la distribución del interior del baño, con lo cual me impide sufrir un percance. Abro la llave del lavamanos, pongo mi espalda en posición horizontal para tomar un poco de agua y al momento de levantar mi rostro, diviso en el espejo un rostro desconocido, una anciana de pelo largo y canoso con rostro sufriente. Mi corazón sufre de taquicardia en ese preciso momento. Mi rostro lo lavo con abundante agua, y vuelvo abrir mis ojos, ahora sí, veo mi rostro joven, con ojos cansados y pelo enmarañado. Dirijo mi cuerpo en dirección a la habitación, pero de reojo noto nuevamente un cambio en el espejo… Aquella figura joven, comienza a arrugarse y lentamente a descascarase… Su boca abre y comienza gritar, un chillido tan agudo que hace vibrar las lámparas y ventanas. Me tapo los oídos, y lloro, lloro durante unos minutos. Me toco el rostro y siento mi piel arrugada. Comienza a darme un dolor en el pecho, cortándome la respiración. Sigo con los ojos clavados en el espejo, mostrándome ahora un rostro podrido, unos ojos sin vida. Trato de sacarlo, pero mis manos cruzan la superficie, llegando a tocar aquella calavera. Trato de retirar mis manos, pero existe una fuerza contraria que no permite tal acto. Al tomar contacto con aquel macabro objeto, toda mi infancia cruza en mis recuerdos. Recuerdo los olores, los momentos de alegría, pena. Luego siento los placeres de mi juventud, mis encantos, desencantos, llegando finalmente al presente. La calavera me escupe una materia verde, pegajosa y con un viento me devuelve a mi realidad. Me lavo las manos, intentando sacar el hedor y la materia pegajosa, pero es inútil. Comienzo a golpear las paredes con los nudillos, dejando marcas de sangre. No me duelen las manos, solo me duele mi pecho contraido que on me permite respirar.
La ciudad vuelve al bullicio natural, y el segundero de mi reloj comienza a marcar los segundos de mis próximos solitarios días, meses, años…

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